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Miradas

Miradas

Te miro. Me miras. Nos miramos. Nuestros ojos se cruzan en medio de toda esta gente que nos separa. Tú estás ahí, a lo lejos, de pie, en medio del autobús. Yo aquí, sentada, fingiendo que voy leyendo el libro que he sacado del bolso. Pero no he avanzado ni una línea puesto que mi mirada se ha cruzado con la tuya al segundo siguiente. Jugamos siendo cómplices desde que nos hemos visto. Te miro. Me miras. Sonreímos en silencio sin dejar de mirarnos.
No es la primera vez. Ni la segunda. Ni la quinta. Perdí la cuenta de las veces que nos hemos encontrado sin decirnos ni una sola palabra en medio del autobús. Al principio eran vistazos rápidos, miradas fugaces. Encuentros de un segundo cuando uno miraba hacia la ventana y se encontraba con los ojos del otro. Aquellos movimientos se fueron haciendo cada vez más frecuentes hasta que, al final, nuestros ojos ya se quedaban quietos mirándose.
Siempre espero con ilusión el gran y rojo vehículo que transporta a la gente, de vuelta a su casa, rumbo a su instituto,universidad,trabajo... A cualquier lugar y hora. Y que también ahora transporta mis sueños. Lo veo llegar y mi corazón empieza a latir más rápido. Sólo tenía que esperar un par de paradas para volver a verte, otro día más.
Te miro. Me miras. Nos miramos. Un juego silencioso al que sólo nosotros dos jugamos. Azul y marrón. Oscuro y claro. Deseosos. Cada vez más atrevidos. La gente a nuestro alrededor no existe. Sólo nosotros estamos aquí, en el autobús. Todo lo demás es nada.
Cierro el libro que llevo entre las manos, sin dejar de mirarte. Una sonrisa triste se dibuja en mi rostro, como siempre que hago esta acción. Sé que el juego se acaba y que tendré que esperar otro día más para verte. Bajo del autobús despacio, reacia a dejarte atrás. Nunca vuelvo la vista porque sino mi corazón se pararía. Sobrevivo por las miradas de todas las mañanas.
Pero hoy, no sé porqué, me he quedado quieta en la acera mientras oía como el autobús se alejaba. No he echado a andar como siempre. Tengo una extraña sensación en mi cuerpo. Un estremecimiento que me recorre entera. No es miedo, no es temor, es más bien…
Me giro y ahí estás tú. Tus ojos son más hermosos de cerca. Un marrón que hipnotiza. Todavía tienes en tu rostro la sonrisa que me dedicas dentro del autobús cuando nuestras miradas se cruzan cómplices. Adelantas la mano. Me dices tu nombre. Yo te digo el mío. Ese día ninguno de los dos llega a sus clases del instituto a su hora. Ni ese ni otros.

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